CUENTOS




  
       Timoteo García Rodríguez, nuestro " Timo" nos han mandado un par de cuentecitos elaborados por él. Este cuento es finalista en " Un cuento para mis nietos" ( AUMEX).





MIRLANDIA










            En un lugar muy lejano, nadie sabe dónde, existía un país llamado Mirlandia que quiere decir el país de los Mirlos.
Era un lugar maravilloso. Las flores de múltiples colores alegraban la vista, los arroyuelos corrían entre ellas con dulces melodías, y lo más importante, el arco iris estaba siempre presente.
Habitaban allí los Mirlos, que les gustaba jugar entre las flores con sus alegres cantos y sobre todo entrar en el arco iris, de donde cogían los colores de sus plumajes.
De ahí que eran los más bellos y elegantes pájaros que hayan existido jamás.
¡O quizá no!...
Había dos que les superaban en mucho… eran el Mirlorrey y la Mirlorreina, con sus coronas, él de oro, ella de plata, y sus largas y bonitas túnicas de plumas que cambiaban de color según los iluminara el sol.
 Vivían en un palacio hecho de las más ricas y elegantes piedras preciosas: el tejado de rubíes, las paredes de esmeraldas y un enorme diamante en la torre del homenaje; en el interior todas las estancias estaba recubiertas de oro, plata y las más apreciadas sedas.
         Los Mirlosúbditos querían mucho a sus monarcas por su bondad y eso hacía que en aquel país reinara la felicidad.
Hasta que un día… Llegaron los hombres… y quedaron asombrados ante la belleza y la tranquilidad que trasmitía aquel lugar. Pero al ver el palacio cogieron todas sus riquezas y se llevaron a Mirlorrey y a Mirlorreina.
Cuando los Mirlosúbditos lo descubrieron, fue tan grande la pena y el dolor, que se pusieron a llorar amargamente y se arrancaron las plumas de colores, quedando sólo las negras en señal de luto por la terrible tragedia.
 Llorando se repartieron por todo el mundo en busca de su Mirlorrey y su Mirlorreina. Los machos por los árboles de rama en rama oteando el horizonte, por eso conservan el negro brillante y el pico amarillo anaranjado. Las hembras por el suelo, la tierra, las cenizas de las fogatas, buscando pistas; de ahí que su color negro sea más sucio y su pico menos llamativo.
Los veréis en todas partes, en el campo, en las ciudades, jardines, patios de colegio, cerca de las orillas de los ríos. Y sobre todo en primavera, podréis escuchar sus tristes lamentos  (¡ay Dios mío!...).
Yo os lo digo y no os miento, que estando en la escuela con mis alumnos, se han presentado a preguntar a los niños, que lo saben todo, por si alguno ha visto a su Mirlorrey y a su Mirlorreina. Esta vez no lo sabían. Se fueron muy tristes.

       Y ahora, después de leer este cuento, permaneced atentos, 

observad siempre y si alguno descubre a Mirlorrey y a Mirlorreina, 

que se lo diga enseguida a los Mirlos para que regresen a su 

hermoso país a coger los colores del arco iris y vuelvan a ser feliz.

           






                                                       ADIVINILANCIA



 
En un lugar muy lejano, nadie sabe dónde, existía un país llamado Adivinilandia, que quiere decir el país de las adivinanzas.

Era un bonito lugar, donde sus habitantes no hablaban ni en prosa, ni en verso, sino de las dos formas, pero sus mensajes y preguntas tenían que ser captados a través de unos indicios y comparaciones perfectamente razonados.
      Su Rey, llamado Acertijón, era como es natural, el más experto en ello. Siempre se enteraba de todo y si, alguna vez tenía dudas, para eso estaban los Ministros Adivinadores.
      Tenía dicho rey una hermosa hija, como todas las princesas claro, en edad casamentera llamada Adivinita.
Para encontrar el futuro yerno se le ocurrió mandar mensajeros a todas las ciudades y pueblos del reino a pregonar en las plazas:
“SU MAJESTAD EL REY ACERTIJÓN
HACE SABER A TODOS SU SÚBDITOS
QUE AQUEL JOVEN QUE LE DIGA UNA ADIVINANZA
QUE ÉL NO PUEDA ACERTAR
SERÁ RECOMPENSADO
CON LA MANO DE SU HIJA ADIVINITA”

Escuchólo un joven llamado Eingenio y se preparó para partir al instante, muy a pesar de su pobre madre que veía muchos peligros por aquellos caminos hasta llegar al lejano Palacio, y a sabiendas que no tenía preparado nada y sólo decía que en el camino se le ocurriría algo.
Después de muchos días de caminar, sorteando peligros, llegó al palacio y cuando le tocó el turno, pues había muchos aspirantes, fue recibido por S. M. el Rey Acertijón.
Muy tímidamente, y después de hacer las oportunas y reglamentarias reverencias le dijo:
“TORTA MATÓ A PANDA,
PANDA MATÓ A TRES,
TRES MATARON A SIETE.
TIRÉ A LO QUE VI,
MATÉ A LO QUE NO VI.
COMÍ CARNE SIN NACER,
ASADA CON PALO SANTO”

El Rey, mesándose la barba, rascándose la cabeza, piensa y piensa. Pero no lo consigue.
Muy apesadumbrado, al no acertar a la primera, como de costumbre, suspende las recepciones para meditarlo.
Después de varios días de no comer ni dormir con la barba lisa y una pequeña calva debajo de la corona llamó a los Ministros Adivinadores que tampoco lograron descubrir el mensaje secreto.
Al fin, dándose por vencido, hizo llamar al joven Eingenio, que le contó lo que sigue.
“Salí yo de mi pueblo con mi burrita PANDA, cargada con unas alforjas en las que llevaba una TORTA que me había hecho mi madre para el camino.
Unos envidiosos enemigos, para que no lograra mi propósito, habían envenenado la torta y en un descuido PANDA se la comió  y al poco murió.
Cuando me alejaba caminando volví la cabeza y vi TRES lobos que se comieron a la borriquita. Al momento murieron.
Por el aire llegaron SIETE buitres que dieron buena cuenta de los tres lobos y, como bien pensáis, también murieron.
Seguí mi camino, hambriento y cansado, cuando cerca de mí se levantó una liebre de su cama. La TIRÉ mi cayado con tal acierto que la maté.
En un riachuelo, a la fresca sombra de unos árboles, la limpié para comérmela, y, ¡oh sorpresa!, observé que en su interior tenía una pequeña liebre a punto de NACER y que yo maté sin haberla visto.
Cerca de allí había una ermita abandonada donde me refugié para pasar la noche y con las maderas del altar, que en su tiempo había sido consagrado al culto (SANTO) asé la carne de la madre y de la hija y me la COMÍ.”
Recuperadas las fuerzas, al día siguiente continué el viaje y aquí estoy.
S,M. el Rey, muy complacido hizo llamar a su hermosa hija Adivinita que al ver al apuesto joven Eingenio, y viceversa se enamoraron al instante.
Se prepararon los esponsales y con gran alegría de todo el reino se casaron y fueron felices y comieron perdices y a nosotros nos dieron con un hueso en las narices.

 

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